domingo, 17 de mayo de 2020

Recuerdos

Recordaba con cierta añoranza aquellos veranos en Laredo en casa de sus abuelos. Tenía 11 años recién cumplidos y se pasaba todo el mes de julio en aquella casa. Sus padres se quedaban en Madrid y a su hermana mayor la mandaban a Oviedo, a casa de sus otros abuelos, los padres de su madre. La casona de Laredo era muy grande, y estaba a las afueras de pueblo. Tenía dos plantas, abajo estaba la cocina que es donde hacían la vida porque tenía una estufa de leña que le daba un ambiente muy acogedor, daba gusto estar allí. Su habitación estaba en la planta de arriba y de ella sobre todo recordaba la cama en la que dormía, tenía un colchón de lana de 1,20, y, acostumbrada al “Pikolín” de 80 que tenía en su casa, se sentía como en aquel cuento en el que una princesa se tumbaba sobre un montón de colchones con un guisante debajo, pero no lo notaba, justamente porque era una princesa de verdad. Si, realmente se sentía así, pero, sobre todo, arropada por ese colchón se sentía a salvo.... No tenía que madrugar para ir al colegio, ni intentar hacer amigas para no estar sola en el recreo, ni tenía que avergonzarse de tener pelos en las piernas, porque ella con 10 años y medio ya tuvo la regla y empezó a salirle vello antes que a las demás niñas. Tampoco tenía que enfrentarse a la profesora de inglés, que le preguntaba la lección delante de toda la clase y como no era capaz de decir ni una sola palabra en inglés porque le daba mucha vergüenza, le ponía un cero con lengua, si, así como suena. Todavía la recuerda, era muy fea y muy alta y a ella le hacía sentir muy pequeña y sobre todo, muy tonta.

Cuando se levantaba, su abuela, a la que ella llamaba abuelita desde pequeña, ya le tenía preparado un apetitoso desayuno a base de cola cao y un montón de sobaos, de esos de mantequilla que a ella tanto le gustaban. Su abuela siempre le decía que tenía que comer mucho, para tener fuerzas para todo lo que tenía que estudiar cuando volviera al colegio y mientras desayunaba, la mirada con orgullo. Siempre supo que de todos sus nietos ella era su preferida. El resto del día, la niña no tenía más que hacer que dejarse mimar y como a su abuela no le gustaba salir de casa, ella cogía algún libro de los que se había traído de Madrid y se ponía a leer.

Aquel verano, una tarde mirando la librería que había en el salón de la casa, le llamó la atención un libro que tenía las tapas muy desgastadas, pensó que lo habrían leído muchas veces y que seguro que estaba bien. Aún hoy recuerda de que trataba y sobre todo se acuerda del protagonista, un niño de unos 11 años que repartía periódicos para ganarse la vida y vivía en una casa el solo desde que había muerto su madre. Un día encontró una niña sentada en una esquina, parecía que la hubieran dado una paliza y aunque debía tener unos 6 años no podía andar, así que él la cogió en brazos y se la llevó a su casa. El libro narraba las peripecias de este niño que poco a poco, se iba convirtiendo en un héroe para esa niña, a la que cuidó y alimentó hasta que pudo volver a andar. Como disfrutaba leyéndolo, se emocionaba y sobre todo le hacía fantasear con que ella también se convertiría en una heroína, fuerte y valiente. Su otra abuela, la madre de su madre, siempre decía que era una cobarde, porque no se atrevía a ir a la tienda ella sola a comprar y ella le contestaba, llorando de rabia que no, que lo que le pasaba es que le daba mucha vergüenza.

Hacía mucho de aquello y ahora echaba de menos ese colchón que la protegía… Tenía 40 años, y aunque había dedicado toda su vida a estudiar y después a trabajar, le seguían gustando los libros de aventuras y también de amor, aunque no había tenido mucha suerte en esto último, la verdad. Su mejor amiga, a la que había conocido en la carrera, siempre le decía que era demasiado exigente y soñadora y que así no iba a encontrar a nadie. Seguramente fuera cierto, pero a ella no le importaba mucho, lo que más le seguía gustando en este mundo era refugiarse en su casa con un cola cao bien caliente, su mantita y buen libro.


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