domingo, 17 de mayo de 2020

25 de abril

Ya han pasado más de cuarenta días… Estoy en la pérgola, escribiendo tranquila después de la meditación. Hoy me ha venido bien, necesitaba parar y conectarme un poco conmigo. El está aquí a mi lado pintando, casi todos los días pinta. Me gusta estar aquí a su lado, aunque no quiero que me hable porque estoy concentrada, pero con su presencia me vale. En cierta manera es estimulante y me da un punto de realidad a mi día a día. Lo estamos llevando bastante bien pero el otro día discutimos por una tontería y nos acostamos sin darnos un beso de buenas noches. Odio hacer eso, pero estaba muy enfadada, aunque no consigo acordarme de porqué.
Me encantan los días que hace bueno porque así podemos comer en el jardín, me encanta comer los cuatro juntos. Los momentos de las comidas son los únicos momentos del día que estamos los cuatro juntos,
Esta tarde, después de comer me he puesto a ver un rato la televisión y mientras, el ha estado haciendo fotos a los mirlos que hay en el jardín. Creemos que han anidado encima del laurel o entre la enredadera. No queremos mirar porque ya otra vez, hace años, lo hicimos y abandonaron el nido.
Hago una pausa para aplaudir.  Hoy en el edificio que hay cerca de casa han cantado el cumpleaños feliz a alguien y después han seguido con la fiesta musical, el resistiré y música infantil. Debía ser el cumpleaños de algún niño. La verdad es que me encanta. En mi edificio no hay demasiada marcha, salimos a aplaudir y ya, aunque el otro día pasó la policía con las sirenas a todo gas y dando ánimos y me emocionó. También me ha contado mi hijo que el otro día fue el cumpleaños de su amiga Bea y la policía le felicitó por los altavoces porque su madre se lo había pedido. La verdad es que esto del confinamiento está sacando la imagen más tierna de la policía y eso me gusta porque conozco a algunos de ellos y a veces me duele cómo les tratan, bueno solo a veces, porque siendo sincera la policía no ha sido nunca santo de mi devoción, deben se reminiscencias de haber vivido de la etapa postfranquista cuando corríamos delante de los grises y la policía representaba los estamentos más represivos del Estado.

Siguiendo con los mirlos del mi jardín, tengo que decir que para mí es muy agradable quedarme observándolos tranquilamente. Yo creo que ya se han hecho a nosotros porque campan a sus anchas por el jardín sin ningún pudor, bueno supongo que ha hecho mucho la cantidad de alpiste que les ponemos cada día. Antes, hace años, tuvimos canarios porque a Pisto siempre le han gustado y además fue muy bonito que los niños vieran todo el proceso de la crianza, desde que hacían el nido, ponían los huevos y después como salían los polluelos del huevo. Una vez pusieron tres huevos y estábamos emocionados esperando a que salieran, pero al final dos de ellos se rompieron. Nos dio mucha pena, sobre todo a los niños, menos mal que por lo menos vimos nacer a uno de ellos y era muy bonito ver como los canarios alimentaban a sus polluelos. Se llamaban Manchitas y Blanquita aunque a sus hijos nunca llegamos a ponerles nombre. A el le encantaba salir a oírle cantar, me está diciendo ahora, pero tuvieron una desaparición muy trágica para nosotros. Un día 6 de junio, me acuerdo porque era mi cumpleaños, dejamos la jaula, que era bastante grande, con los canarios en el jardín, apoyados en el césped, pensando que así estaban más cerca de la naturaleza, a mí siempre me dio pena tenerles en una jaula y así me parecía que eran más libres, supongo. El caso es que al rato me asomé al jardín a verles y me quedé totalmente aterrada, entré en casa gritando que había una serpiente verde muy grande dentro de la jaula, todavía puedo verla si cierro los ojos. Cuando salió Pisto se encontró efectivamente con una serpiente verde, con dos engrosamientos en su cuerpo y un canario muy quieto y callado en la parte de arriba de la jauja. Se había comido a Blanquita y a la cría y no podía salir de la jaula por los dos engrosamientos que tenía. Llamamos a la policía municipal y nos dijeron que mandarían una patrulla verde en cuanto pudieran que tenían a todas en la casa de campo, pero que no se nos escapara la serpiente que tenían que ver de qué tipo era por si era un ejemplar peligroso o protegido. Como ya estaba abierta la piscina de casa, entraron los vecinos a la llamada de la serpiente y de unas cervecitas que sacamos para hacer menos tediosa la espera, Me acuerdo que uno de ellos bajó un machete por si se escapaba y atacaba, otro decía que tenía un hacha. Yo, a todo esto, estaba atrincherada dentro de casa, no fuera a atacarme la serpiente por sorpresa. Y así iba pasando la tarde, entre cervecitas y aventuras del tipo “me acuerdo cuando una vez me encontré en el campo con una víbora...”, eso sí, mi marido y varios vecinos todos alrededor de la jaula, por eso nunca entenderemos como de repente la serpiente, tras regurgitar a los dos pajarillos que se había comido, se escapó sin dar tiempo a coger machetes, palos o la famosa hacha que se bajó el vecino del tercero. Desde entonces preferimos alimentar a los mirlos y gorriones que vienen cada primavera a visitarnos a nuestro jardín.

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