Ya han pasado más de cuarenta días… Estoy en la pérgola,
escribiendo tranquila después de la meditación. Hoy me ha venido bien,
necesitaba parar y conectarme un poco conmigo. El está aquí a mi lado
pintando, casi todos los días pinta. Me gusta estar aquí a su lado, aunque no
quiero que me hable porque estoy concentrada, pero con su presencia me vale. En
cierta manera es estimulante y me da un punto de realidad a mi día a día. Lo estamos
llevando bastante bien pero el otro día discutimos por una tontería y nos
acostamos sin darnos un beso de buenas noches. Odio hacer eso, pero estaba muy enfadada,
aunque no consigo acordarme de porqué.
Me encantan los días que hace bueno porque así podemos comer
en el jardín, me encanta comer los cuatro juntos. Los momentos de las comidas
son los únicos momentos del día que estamos los cuatro juntos,
Esta tarde, después de comer me he puesto a ver un rato la
televisión y mientras, el ha estado haciendo fotos a los mirlos que hay en
el jardín. Creemos que han anidado encima del laurel o entre la enredadera. No
queremos mirar porque ya otra vez, hace años, lo hicimos y abandonaron el nido.
Hago una pausa para aplaudir. Hoy en el edificio que hay cerca de casa han
cantado el cumpleaños feliz a alguien y después han seguido con la fiesta
musical, el resistiré y música infantil. Debía ser el cumpleaños de algún niño.
La verdad es que me encanta. En mi edificio no hay demasiada marcha, salimos a
aplaudir y ya, aunque el otro día pasó la policía con las sirenas a todo gas y
dando ánimos y me emocionó. También me ha contado mi hijo que el otro día fue el
cumpleaños de su amiga Bea y la policía le felicitó por los altavoces porque su
madre se lo había pedido. La verdad es que esto del confinamiento está sacando
la imagen más tierna de la policía y eso me gusta porque conozco a algunos de
ellos y a veces me duele cómo les tratan, bueno solo a veces, porque siendo
sincera la policía no ha sido nunca santo de mi devoción, deben se
reminiscencias de haber vivido de la etapa postfranquista cuando corríamos
delante de los grises y la policía representaba los estamentos más represivos
del Estado.
Siguiendo con los mirlos del mi jardín, tengo que decir que
para mí es muy agradable quedarme observándolos tranquilamente. Yo creo que ya
se han hecho a nosotros porque campan a sus anchas por el jardín sin ningún
pudor, bueno supongo que ha hecho mucho la cantidad de alpiste que les ponemos
cada día. Antes, hace años, tuvimos canarios porque a Pisto siempre le han
gustado y además fue muy bonito que los niños vieran todo el proceso de la
crianza, desde que hacían el nido, ponían los huevos y después como salían los
polluelos del huevo. Una vez pusieron tres huevos y estábamos emocionados
esperando a que salieran, pero al final dos de ellos se rompieron. Nos dio
mucha pena, sobre todo a los niños, menos mal que por lo menos vimos nacer a
uno de ellos y era muy bonito ver como los canarios alimentaban a sus polluelos.
Se llamaban Manchitas y Blanquita aunque a sus hijos nunca llegamos a ponerles
nombre. A el le encantaba salir a oírle cantar, me está diciendo ahora, pero
tuvieron una desaparición muy trágica para nosotros. Un día 6 de junio, me
acuerdo porque era mi cumpleaños, dejamos la jaula, que era bastante grande,
con los canarios en el jardín, apoyados en el césped, pensando que así estaban
más cerca de la naturaleza, a mí siempre me dio pena tenerles en una jaula y
así me parecía que eran más libres, supongo. El caso es que al rato me asomé al
jardín a verles y me quedé totalmente aterrada, entré en casa gritando que
había una serpiente verde muy grande dentro de la jaula, todavía puedo verla si
cierro los ojos. Cuando salió Pisto se encontró efectivamente con una serpiente
verde, con dos engrosamientos en su cuerpo y un canario muy quieto y callado en
la parte de arriba de la jauja. Se había comido a Blanquita y a la cría y no
podía salir de la jaula por los dos engrosamientos que tenía. Llamamos a la
policía municipal y nos dijeron que mandarían una patrulla verde en cuanto
pudieran que tenían a todas en la casa de campo, pero que no se nos escapara la
serpiente que tenían que ver de qué tipo era por si era un ejemplar peligroso o
protegido. Como ya estaba abierta la piscina de casa, entraron los vecinos a la
llamada de la serpiente y de unas cervecitas que sacamos para hacer menos
tediosa la espera, Me acuerdo que uno de ellos bajó un machete por si se
escapaba y atacaba, otro decía que tenía un hacha. Yo, a todo esto, estaba
atrincherada dentro de casa, no fuera a atacarme la serpiente por sorpresa. Y
así iba pasando la tarde, entre cervecitas y aventuras del tipo “me acuerdo
cuando una vez me encontré en el campo con una víbora...”, eso sí, mi marido y
varios vecinos todos alrededor de la jaula, por eso nunca entenderemos como de
repente la serpiente, tras regurgitar a los dos pajarillos que se había comido,
se escapó sin dar tiempo a coger machetes, palos o la famosa hacha que se bajó
el vecino del tercero. Desde entonces preferimos alimentar a los mirlos y
gorriones que vienen cada primavera a visitarnos a nuestro jardín.
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